VALORES

 

Consejos a los padres ante el consumismo

* Prohibir a los niños ciertos actos que parecen indeseables, como por ejemplo las compras indiscriminadas de "chucherías", cromos, material escolar...: el gasto inmediato de cualquier dinero que reciben: no esperar a tener una oferta mejor...

* Dar explicaciones sobre ciertos pasos que hay que seguir durante el proceso de consumo haciéndose acompañar de los hijos cuando se va a comprar. Claro que entonces los propios padres tienen que ser los primeros en respetar las reglas de juego. Muchas situaciones cotidianas se pueden utilizar para enseñar hábitos de consumo: la selección y compra de los alimentos o ropa, la elección de un regalo, el estudio de un catálogo antes de realizar una compra, el comentario de anuncios publicitarios, la distribución del presupuesto familiar, etc.

* No se trata de inventar situaciones extraordinarias, ni de buscar los momentos más adecuados, sino de aprender a aprovechar las situaciones cotidianas.

* Mantener conversaciones con los niños con objeto de hacerles comprender mejor las decisiones que ellos mismos toman en diversas circunstancias, ayudándoles a razonar acerca de por qué se debe o no comprar, o si es mejor esperar, o ahorrar para adquirir otra cosa. Así se puede ilusionarlos con la compra de un objeto y con esfuerzo que requiere conseguirlo.

* Hacerlos participar en las compras de los padres, multiplicando las observaciones a título de ejemplo.

* Otorgar una autonomía cada vez mayor a los niños, autorizándolos a llevar a cabo sus propias experiencias. Regalos en diversas fechas, los hobbies, el material del colegio... son ocasiones muy buenas para ir dejando que sean ellos los que se ejerciten en esta tarea y para que aprendan a ajustarse a su presupuesto.


Tomado de la revista "Nueva Lectura"

 

Educar el autocontrol en los primeros años ¡guerra a los caprichos!

La capacidad de controlar los impulsos aprendida con naturalidad desde la primera infancia, constituye una facultad fundamental en el hombre.

Una facultad que, en definitiva, tendremos que potenciar en nuestros hijos más pequeños si deseamos que el día de mañana sean personas voluntariosas y, sobre todo, capaces de gobernarse a sí mismas en todo momento. No dejemos para más adelante el intentar inculcar un cierto autocontrol al niño.

Una vez que haya pasado el periodo sensitivo de los primeros años, le costará mucho más adquirir esta importante virtud. Es precisamente en los primeros años cuando el niño más necesita de nuestra ayuda.

Ante sus ojos inexpertos se presenta todo un mundo de posibilidades que le aturden. Esto no significa que su creciente interés por lo que le rodea no sea una actitud normal e, incluso, positiva. Pero, eso sí, tendremos que ser nosotros los que comencemos a canalizar sus inquietudes y sus deseos. Y es que, para educar es necesario exigir, aunque esto suponga un esfuerzo para nosotros mismos.

Cuando se llega cansado a casa, por ejemplo, lo más sencillo es decir "sí" a cualquier capricho. El reto radica en ser lo suficientemente pacientes y fuertes como para decir "no" en el momento preciso. Si de verdad queremos lo mejor para nuestros hijos, tenemos que exigirles. Y es que de nuestra firmeza de hoy dependerá directamente la voluntad de nuestro hijo mañana. Educar en la sobriedad no es tiranizar sino conseguir que nuestro pequeño aprenda a controlarse y a valorar las cosas (pocas o muchas) que le rodean.

Con los niños de cuatro y cinco años los resultados suelen ser más positivos cuando les ofrecemos una información clara en el momento oportuno y apoyamos nuestras instrucciones (no comer dulces antes de la comida, entrar en un centro comercial sin tener que comprarle algo, ordenar la propia habitación, obedecer a la primera...), con ciertas dosis de cariño y una exigencia serena, perseverante y alegre.

No nos dejemos llevar por los nervios; cualquier madre o padre saben que un niño de cuatro o cinco años que no para de pedir puede sacar de quicio a cualquiera, pero a pesar de todo tendremos que tratar de corregirle desde la calma y el buen humor. Es, por ende, una buena ocasión para "educar" nuestro propio autocontrol... Puede ser bueno también proponer a nuestros hijos pequeños ejercicios de autodominio, envueltos en juegos o retos y en esto la creatividad de los padres no tiene límites.

Por ejemplo: "sólo podrá comerse una chuchería en todo el día pero, eso sí, será la que él quiera y en el momento que elija". Del mismo modo siempre es positivo que reconozcamos a nuestro hijo sus muestras de autodominio, destacando, en cada caso, lo que hizo bien. Este reconocimiento operará como estímulo para la próxima ocasión en que tenga que vencer su capricho. Debemos procurar dejarles, por último, un cierto margen de libertad e iniciativa.

No seamos nosotros los que digamos siempre la última palabra en todo. Es necesario que el pequeño vaya aprendiendo poco a poco a discernir entre lo que es una necesidad y lo que es un mero antojo.


Tomado en versión libre, del artículo
Autor: María Viejo y Manoli Manso
"De 0 a 6. La edad del autocontrol. ¡Guerra a los caprichos!",
publicado en HACER FAMILIA, nº 64, junio 1999

 

La formación de la conciencia moral

No es posible dar a nuestros hijos una educación adecuada, si no pensamos en darles los elementos para auto-conducirse en libertad, y un elemento muy importante en este sentido es la formación de la conciencia moral.

El primer principio moral se encuentra escrito en el ser de los niños desde el primer momento de su existencia. Este principio, que los antiguos llamaban sindéresis, es el que indica: "hacer el bien y evitar el mal".

Muchos otros principios morales, derivados cercanos de la sindéresis, pueden deducirse de la simple observación del orden natural. Sin embargo no todos los hombres adhieren al bien en todos sus aspectos, y aún quienes hemos sido formados en el bien solemos cometer muchas faltas de las cuales luego nos arrepentimos. Esto prueba que si bien la moral forma parte de nuestra vida natural, es preciso formar a los niños y jóvenes para que más fácilmente adhieran al bien y rechacen el mal.

Los padres deben saber que, mientras sus hijos no desarrollen esa conciencia, deberán suplir ellos mismos esa falta de desarrollo. de la misma manera que le procuran los alimentos porque los niños no pueden hacerlo por ellos mismos. Las fallas que los padres cometan durante este período de formación, serán las fallas en los mecanismos de la conciencia de sus hijos.

Cuando papá o mamá emiten juicios de valor, los niños suelen adueñarse de ellos. de esta manera, resaltando las acciones buenas y sancionando las malas, estará colaborando a la formación de la conciencia. Es muy importante el ejemplo, como nos decía Verónica unos números atrás: "los chicos no nos escuchan, pero si nos ven".. Es por esto que no debemos tanto dar lecciones de moral cuanto aprovechar cada oportunidad de la vida diaria para formar juicios rectos.

Los niños pequeños tienen la tendencia a juzgar la moralidad de las acciones por su forma exterior, por lo cual es importante acostumbrarlos a tratar de acercarse a las intenciones, ya que de ellas mas de forma exterior depende la moralidad de un acto. Si ha cometido una torpeza fruto de la cual ha roto un juguete de su hermano, no debe juzgarse de igual manera que si lo ha roto para vengarse por un disgusto que el hermano le ha producido.

Es necesario despertar en los hijos la responsabilidad por sus actos, por lo cual es conveniente que las sanciones sean en orden a reparar el daño producido por la falta.

Por ejemplo: deberá reponer a su hermano el juguete que ha roto en forma intencional. Una buena idea es acostumbrarlos a hacer un "examen de conciencia" por las noches antes de dormir, de manera que aprenda a reconocer sus faltas y hacer el propósito de no cometerlas en adelante. Para esto, sobre todo al principio, será necesario ayudarle a realizar este examen. En los niños mayores y adolescentes será importantes ayudarlos a formarse un ideal, una consigna para encaminar sus acciones.

Poco a poco, hay que comenzar a darles independencia en las decisiones, sin que esto signifique que no podamos sugerirle lo que haríamos nosotros en su lugar.

Por el Prof. Eduardo Cattaneo

 

La educación de la fortaleza

"En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, resiste las influencias nocivas, soporta las molestias y se entrega con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes."

Es la virtud de los enamorados, de los convencidos, de aquellos que por un ideal que vale la pena son capaces de arrastrar los mayores riesgos, del que sin desconocer lo que vale su vida la entrega gustosamente, si fuera preciso, en aras de un bien mas alto,

Podríamos pensar que en los tiempos modernos no hay muchas posibilidades para desarrollar esta virtud. No quedan posibilidades de encontrar aventura porque todo está hecho, todo está descubierto, todo está organizado.

No se trata de realizar actos sobrehumanos: de descubrir zonas del Amazonas nunca pisadas por el hombre; de salvar a cincuenta niños de un incendio. Mas bien se trata de hacer las pequeñas cosas de cada día una suma de esfuerzos y actos viriles, que pueden llegar a ser algo grande, una suma de amor.

Ser extraordinarios en lo ordinario

Nuestros hijos necesitan saber que su vida sirve para algo; que, aunque tienen muchas miserias y su vida parece de poco valor, cada persona tiene una misión intransferible de glorificar a Dios. Puede y debe amar, salir de sí, servir a los demás, superarse personalmente para trabajar mejor

La persona que no quiere mejorar, que es egoísta, no tiene motivos para desarrollar la fortaleza porque es indiferente al bien.

La fortaleza es la virtud de los adolescentes porque, por naturaleza, son personas de grandes ideales, que quieren cambiar el mundo.

Si los jóvenes no encuentran cauces para estas inquietudes, si sus padres no los guían a aplicar estas fuerzas para el bien, ellas mismas pueden destruir en lugar de construir.

Si enseñamos a nuestros hijos a esforzarse, a dominarse pero no les enseñamos lo que es bueno, pueden acabar buscando lo malo con una gran eficacia.

Tradicionalmente se ha dividido la virtud de la fortaleza en dos partes:

Resistir y acomoter.

En contra de lo que comúnmente se cree, resistir en mas difícil que acometer, "es mas penoso y heroico resistir a un enemigo que por el hecho mismo de atacar se considera mas fuerte y poderoso que nosotros, que atacar a un enemigo quien por lo mismo que tomamos la iniciativa contra él, consideramos más débil que nosotros.

En la actividad cotidiana vemos que hay que resistir algunas molestias y al hacerlo, ya sabemos con claridad que va a resultar en nuestro propio bien (ej. Tomar un medicamento). Y hay otras molestias, que si no las resistimos, van a actuar perjudicialmente para una mejora personal. (resistir el cansancio y la rutina producidos por la asistencia a la escuela con horarios fijos)

Requiere menos esfuerzo resistir aquellas molestias que sabemos que van a resultar en nuestro propio bien. Cuando la finalidad es clara es mas fácil resistir las molestias. Es con este tipo de resistencia con la que podemos comenzar a educar a los niños pequeños en la virtud de la fortaleza. Aunque los niños pequeños viven el presente y es muy probable que un niño de seis años no acepte una inyección, aguantando sin quejarse aunque supiera que así se va a curar de una enfermedad.

Por eso no solo hay que buscar la motivación del estilo causa y efecto, sino también reforzar esa motivación con otras de acuerdo con la situación y características del niño. Ej: Dos niños juegan con algo que hace bastante ruido, justo cuando el bebé que no duerme bien, por fin de ha dormido. Su mamá les dice: "No jueguen a esto porque van a despertar al bebé". En este caso se ve que esta pidiendo a los niños que resistan a algo que puede tener una consecuencia desfavorable par otros. Otro enfoque sería sugerir concretamente otro juego que pueden realizar los niños y explicar que así el bebé puede dormir. El primer caso requiere más esfuerzo por parte de los hijos el segundo menos

En el caso anterior los hijos deberían captar cómo en un esfuerzo que han hecho al servicio del hermanito o de la mamá se está relacionando el saber resistir con el amor, con la capacidad de amar.

Muchas veces los hijos resisten las dificultades y tentaciones por subordinación a las reglas establecidas por la autoridad de los padres, pero es necesario que estos buenos hábitos tengan sentido para los hijos. Cuando los chicos renuncian a algo atractivo por un bien mayor, y lo hacen por propia iniciativa y voluntad, esta virtud está en un camino seguro de desarrollo.

Mas difícil resulta que nuestros hijos aprendan a resistir molestias y dificultades que no tienen como consecuencias unos beneficios claros, sino que lo único que se obtiene como consecuencia es mantenerse en la misma situación, no empeorar. Ej: un chico está por iniciar una pelea con otro, sus impulsos internos lo empujan a pelear, si resiste sus impulso y no pelea no obtendrá ningún bien concreto, pero si no los resiste y pelea puede esto resultar sumamente perjudicial.

En la vida familiar existen posibilidades de cultivar este buen hábito, por ejemplo con las exigencias preventivas. Ej: Exigimos a nuestro hijo de 5 años que no cruce la calle solo por si acaso lo pudiera atropellar un auto. En este mismo sentido los niños mayores deben aprender por si mismo lo que les puede dañar, lo que influir perjudicialmente y, en consecuencia establecer sus propias reglas adaptadas a su situación real.

Ejemplo: Miedo a la oscuridad. Se espera que los hijos pongan algo de su parte, pero de acuerdo a sus posibilidades. No se trata de protegerlos para que no lleguen a tomar contacto con el objeto de su temor, sino graduar el contacto, ofreciendo la ayuda necesaria para superar las dificultades. Evitar los extremos como exigir que duerma solo en un lugar oscuro, enviarlo a cumplir un encargo en un lugar solitario y oscuro, o bien permitir que duerma con la luz encendida toda la noche. Debemos mostrar confianza en el, ayudarle con cariño, explicarle la situación y hacerlo esforzarse gradualmente. Ej: Si está acostumbrado a dormir con la luz encendida, apagar la luz del dormitorio y dejar encendida la del pasillo. Luego apagar esa luz pero estar en un lugar donde pueda oír nuestras voces, etc.

Es posible educar esta virtud a posteriori. Después de haber vivido una molestia o soportada una dificultad, ayudarle a superarlo.

Quejarse y permitir que los hijos se quejen es crear un ambiente en contra del sentido de la fortaleza. Esta es una costumbre muy difundida en nuestra época. La fortaleza supone aceptar lo que nos ocurre, no pasivamente, con deseos de sacar algo bueno de las situaciones dolorosas.

Los tres vicios que se oponen a la fortaleza son el temor, la osadía y la indiferencia.

Son indiferentes las personas que, por no reconocer su deber de mejorar o por no reconocer o querer enterarse de las influencias perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.

Existe una tendencia en algunos padres a proteger y sustituir a los hijos en los esfuerzos que deberían realizar ellos, de tal modo que los hijos no aprenden más que a recibir. Estos padres están criando a un futuro indiferente.

Para que los hijos no lleguen a ser indiferentes en la vida, habrá que exigirles esfuerzo desde muy pequeños; esfuerzo en resistir (desde el bebé que llora por capricho hasta el adolescente que se pone de mal humor porque algún amigo lo ha hecho enojar)

También hace falta paciencia que es "la virtud que inclina a soportar sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón los padecimientos físicos y morales". Los vicios contrarios son la impaciencia y la insensibilidad.

La educación de la fortaleza (segunda parte)

El acomoter

En el último programa hablamos de uno de los aspectos de la fortaleza (el resistir) hoy tocaremos otro aspecto fundamental EL ACOMETER.

1. Para poder atacar o iniciar alguna acción que requiera un esfuerzo prolongado se necesita fuerza física y moral. Por esto los deportes siempre se han relacionado con la virtud de la fortaleza.

2. Dominar el cansancio y la fatiga prepara a la persona para emprender acciones que repercuten directamente en bien de los demás o en la glorificación de Dios.

3. El deporte ofrece ocasiones muy propicias porque existe una motivación inmediata (llegar a la cumbre de una montaña, ganar el partido, terminar la carrera, mejorar el propio rendimiento, etc.)

4. Si una persona no es capaz de superarse en el esfuerzo físico difícilmente podrá superarse en el camino de la ascética (en el camino para acercarse a Dios).

5. No siempre la relación entre el deporte y la fortaleza es directa. También se puede recurrir a acciones como campamentos, levantarse a la hora prevista sin vacilar, duchas frías, ir caminando al trabajo o la escuela.

6. Es conveniente enseñar a los hijos a aguantar las inclemencias y apetitos sin quejarse, etc.

7. Las madres deberían cuidar de no abrigar en exceso a los niños, de dejarlos salir aunque haga frío, enseñarles a soportar el hambre o sed sin quejarse, etc.

8. Para poder alcanzar un bien, se necesita tener "iniciativa", decidir, y luego llevar a cabo lo decidido aunque cueste un esfuerzo importante. 9. Para captar las posibilidades de una situación hace falta una cierta "sensibilidad", que actúa como chispa o detonante de esa iniciativa. Si la persona es indiferente carecerá de esta sensibilidad e iniciativa necesarias para descubrir y alcanzar un bien.

10. Esta sensibilidad para la iniciativa se puede fomentar en los hijos. Se trata de una capacidad de imaginar sin soñar. No hay que resolver los problemas que pueden resolver los chicos por su cuenta, ni tampoco de descubrir los problemas cuando ellos pueden descubrirlos por si mismos. Es mejor sugerirles que encuentren una solución a ese problema, y luego volver a preguntarles para ver si encontraron una solución.

11. Es mas fácil que los niños se entusiasmen y actúen para conseguir un bien, a que logren entusiasmarse con combatir una situación negativa. 12. Si lo que se va a combatir es una situación de injusticia, de fraude o falsedad, hay que reconocerla sin escandalizarse pero permitiendo que el fuego que hay dentro de cada uno crezca de un modo controlado. No bastará con quejarse pero habrá que gobernar lo osadía para que lo que se hace sea con prudencia y sin gastar esfuerzos inútilmente.

13. Se necesita valor - para no asustarse ante el enemigo -, coraje - para atacar y vencer-, constancia y aguante - para llevar el esfuerzo hasta el fin -.

Algunos problemas

Existen áreas prioritarias que, muchas veces, escapan a la atención de los padres.

14. Es conveniente brindar a los hijos no sólo la posibilidad de lograr objetivos con esfuerzo, sino que aprendan a resistir.

15. Hay que estimular a los hijos para que, por propia iniciativa, emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuo.

16. Habrá que enseñarles algunas cosas que realmente valen la pena, que "queman" por su importancia.

17. También deberemos enseñarles a tomar postura, a aceptar criterios, a ser personas capaces de vivir lo que dicen y lo que piensa. Enseñarles a ser congruentes

18. También los padres, como ejemplo para nuestros hijos, deberemos tener siempre una tendencia a la superación personal.

19. Cuando los adolescentes comienzan a tomar decisiones propias, pueden caer en la indiferencia, rechazando las opiniones y posturas de los demás pero sin ser capaces de llegar más allá del rechazo. De esta manera cualquier persona con intención puede moverlo, porque no será fuerte. Si el adolescente no tiene desarrollados los hábitos relacionados con la fortaleza, aunque quiera mejorar, no será capaz de aguantar las dificultades.

20. La fuerza interior tiene que basarse en la vida pasada.

21. Si los adolescentes son fuertes es el momento de su vida en que tienen más posibilidades de ser generosos, de ser justos, etc. Porque están movidos, por naturaleza por un fuerte idealismo.

22. El desarrollo de la fortaleza apoya el desarrollo de todas las demás virtudes.

23. La única manera de asegurarnos que los hijos sobrevivan como personas humanas, dignas de ese nombre, es llenarles de fuerza interior, de tal modo que sepan reconocer sus posibilidades, y reconocer la situación real que los rodea para resistir y acometer, haciendo de sus vidas algo noble, entero y viril.

Educar en la fuerza de voluntad

Una de las grandes carencias de la juventud de hoy es la fuerza de voluntad, la energía interior para afrontar las dificultades, retos y esfuerzos que la vida plantea continuamente.

Desarrollar la capacidad de autodominio de los alumnos se ha convertido en un objetivo de primordial importancia, de modo que sean capaces de esforzarse para conseguir lo bueno, aunque cueste y la recompensa no se alcance enseguida.

El desarrollo de la fortaleza apoya el de todas las demás virtudes: no hay virtud moral sin el esfuerzo por adquirirla. En un ambiente social como el actual, donde el influjo familiar es cada vez más reducido, el único modo para que los jóvenes sean capaces de vivir con dignidad es llenarles de fuerza interior. La capacidad de esfuerzo está muy relacionada con la madurez y la responsabilidad.

Exigir también cuesta

La capacidad de exigencia amable de los padres y profesores va a marcar, en buena medida, el desarrollo de la capacidad de trabajo y esfuerzo, y de sus virtudes relacionadas (constancia, perseverancia, paciencia, etc.). Exigir también cuesta esfuerzo. Parece que todo va a ser más rápido y menos conflictivo si los educadores cargan con los esfuerzos, renuncias y sacrificios; pero sin ese esfuerzo no va creciendo la persona.

Entre los siete y los doce años transcurre el período sensitivo de estas virtudes: es cuando se aprenden con mayor arraigo y naturalidad. Si los alumnos se ven privados de los esfuerzos, los retos y las exigencias, llegará la adolescencia, con su crisis de madurez y no estarán dotados de energía interior para superar las dificultades. Nos encontraremos con que o no se dejan exigir, o - aunque entiendan lo que les decimos y deseasen actuar así - no tienen la fuerza y el entrenamiento necesario para conseguir las metas que se proponen.

Algunas veces, los padres pretenden evitar a sus hijos, con un cariño mal entendido, los esfuerzos y dificultades que ellos tuvieron que superar en su juventud: los protegen y sustituyen, llevándoles a una vida cómoda, donde no hay proporción entre el esfuerzo realizado y los bienes que se disfrutan. No se dan cuenta de que más que proteger a los hijos para que no sufran, se trata de acompañarles y ayudarles para que aprendan a superar el sufrimiento.

Autoconsciencia y voluntad

Para que un hábito bueno se convierta en virtud es necesario que haya autoconsciencia (entender qué y por qué se hace) y voluntariedad (querer hacerlo). Por eso es tan importante en la educación de las virtudes humanas, ayudarles a entender el esfuerzo que van a realizar como algo necesario y conveniente, y motivar y estimular sus deseos de esforzarse.

Educar la fortaleza supone poner los medios para que los alumnos sean capaces de emprender acciones que lleven consigo un esfuerzo prolongado, para lo que hace falta tanto salud física como fuerza interior. Esta es la razón por la que la práctica deportiva frecuente es un medio muy adecuado para promover la fortaleza en la práctica deportiva, han de superar la fatiga y el cansancio, llegar hasta el final con perseverancia, superar adversidades, etc.

Existen muchas oportunidades en la vida cotidiana de la familia y del aula para que los niños se ejerciten en resistir un impulso, soportar un dolor o molestia, superar un disgusto, dominar la fatiga o el cansancio, como - por ejemplo - acabar las tareas encomendadas en el colegio o cumplir el tiempo de estudio previsto antes de ponerse a jugar, cumplir su encargo con constancia, etc.

Hemos de valorar positivamente y reconocer su interés y sus esfuerzos, como "aguantar la sed" en una excursión o viaje, comer de (casi) todo o no comer entre horas, terminar bien un trabajo, dejar la ropa preparada por la noche,... De este modo fomentamos la motivación interna: la satisfacción de la obra bien hecha, la alegría del deber cumplido.

El ejemplo

Como siempre, el ejemplo de los educadores es crucial: aprenderán mucho observando la alegría en los sacrificios de sus padres y profesores. Quejarse del trabajo o de los esfuerzos que es preciso realizar contribuye a crear un ambiente familiar contrario a la fortaleza: hay que esforzarse porque no hay más remedio, porque la vida te obliga.

Es importante insistir a los padres en la importancia de la reciedumbre, o capacidad de realizar esfuerzos sin quejarse.

Sin miedo al fracaso

Junto a la reciedumbre, la valentía. Tener decisión y empuje, de modo que los "miedos" infundados no atenacen la personalidad y sean capaces de "dar la cara" cuando sea necesario sin acobardarse por el "que dirán" o por vergüenzas tontas.

Con audacia, sin miedo al fracaso - que para una persona fuerte no es más que una experiencia de la que puede aprender- ni a los riesgos. No se trata de empujar a los alumnos a la temeridad, sino de ayudarles a no ser cobardes ni tener miedo al ridículo. Sólo así serán capaces de comprometerse en empresas valiosas.

Con serenidad y equilibrio interior, de modo que no se desmoronen ante la contrariedad o los pequeños contratiempos e imprevistos. Con elegancia ante el éxito o el fracaso, sin perder la calma si las cosas salen mal. La paciencia tiene mucho que ver con la paz interior, con la serenidad, con la seguridad. Para educar en la paciencia hace falta un ambiente de seguridad afectiva y una exigencia serena. Si la exigencia es caprichosa, produce inseguridad. Necesitan aprender a esperar, a dar a cada cosa su tiempo.

En definitiva, la fortaleza dota a la persona de señorío sobre sí mismo, de autodominio (vencerse a sí mismo es la batalla más importante de la vida).

Posibles planes de acción educativa relacionados con la fortaleza:

- Enseñarle a no quejarse. o Hacer pequeños sacrificios para la buena marcha de la casa o de la clase. o Exigirle acabar lo que comienza. o Aguantar la sed en una excursión o el calor del verano,

- el cansancio, sin irlo pregonando cada dos minutos. o Superar, si aún perviven, los miedos infantiles de quedarse solo, o a oscuras, la vergüenza para hablar, o para reconocer la propia culpa, o el sentido del ridículo. o Tener paciencia cuando no le salen las cosas como él quería, o si sufre cualquier contratiempo (por ejemplo, no quejarse y patalear si se pierde en un juego). o Adoptar posturas correctas en clase y en casa, no tumbarse. o Procurar comer todo y terminar toda la comida. o Hacer los deberes antes de ponerse a jugar. o Levantarse a una hora fija y cumplir un horario. o Hacer bien los trabajos y tareas. o Cumplir su encargo en el momento previsto para ello aunque no tenga ganas. o Participar en un equipo deportivo. o Marcarse pequeñas metas y cumplirlas.


Por José Antonio Alcazar
Tomado de "Actualidad Docente"

 

Educar la generosidad

El ambiente no favorece los grandes ideales, hasta el punto de que tenerlos es considerado una rareza o una originalidad, como la del que recita una poesía en medio de una reunión de empresarios.

Los hijos están rodeados de ideales chatos, de ilusiones mediocres, de aspiraciones superficiales. Los valores son los que señala el mercado, es decir, los que aceptados por el ambiente: dinero, bienestar, comodidad, panoramas, pasarlo bien, darse gustos, vivir para sí mismo, tratar de sacar siempre la mejor tajada, cosas, marcas, etc.

Por otra parte, los proyectos que los padres se hacen de su hijo, y a eso se dirigen todos sus esfuerzos educativos, también suelen ser proyectos externos: éxito, buenas notas, ingreso a la universidad a una carrera rentable, etc.

La palabra servicio, ideales, sentido verdadero de la vida, no figuran en el vocabulario usual, no suelen estar presentes en el ambiente familiar. Es la asfixia de la mediocridad, que termina ahogando cualquier germen de aspiración a ideales. Se nota tanto cuando una familia no tiene más que una obsesión: el bienestar, la comodidad, el confort.

Se gira en torno a las cosas, a los aparatos, a las marcas, a los precios, a los panoramas; los cajones, los closets, las estanterías, son el corazón de la casa. La materia impregna las relaciones, se rinde culto a lo placentero, a lo inmediato.

Hay que educar en contraste para el sacrificio, para la negación de uno mismo, para el doblegamiento del egoísmo, para que el niño se entere de la existencia de otros, de la humanidad doliente de muchos, de manera que en su horizonte y en sus proyectos haya algo más que él mismo. Se ha de enseñar a vivir desde la más tierna infancia. Compasión, ayuda, servicio, preocupación por los demás.

En una palabra, que aprenda a salir de sí mismo, venciendo la pereza que achica los espacios y reduce el mundo, ya de por sí jibarizado, de tantos niños. El niño quiere ayudar, servir, aspira en lo más profundo a sentirse útil, a colaborar; a la vez que se siente atado a la flojera que le impide mover un dedo en favor de otra persona.

Motivar, estimular, incentivar lo primero, es propio de la educación de la generosidad. Hay que dar oportunidades para servir, aunque los servicios que pueda prestar un niño parezcan torpes e innecesarios, o haya otros que puedan hacer lo mismo con mayor perfección y eficacia. El niño que se acostumbra en todo a preferirse a sí mismo, termina sólo o mal acompañado, aunque sus padres no se den cuenta de que ese es el origen de lo que ocurre. El bienestar acaba en el tedio y el cansancio, creando una corteza dura en el corazón.

Cuando el corazón humano no es más que una bodega de cosas apetecibles que le han sido satisfechas, el primer dolor o el primer fracaso arrasan con todo. Quien construye su vida en torno a las cosas, no soporta la vida sin ellas. Lograr las cosas que se desean produce una satisfacción momentánea, pero luego viene el acostumbramiento y la idea de que se las tiene como un derecho adquirido.

¿Dónde están las cosas que los niños han logrado con insistencia machacona, como si la vida se les fuera si no se las dan?. A las semanas o a los meses, ahí está la casa destrozada, la muñeca sin un brazo, el autito sin ruedas, la pelota desinflada. Los juguetes de los niños envejecen con una prisa sorprendente y tienen una vida útil fugaz.

Sería interesante hacer en el propio hogar, de vez en cuando, una exposición de las cosas inútiles que fueron deseos apasionados en un momento: muñecas, radios, autos, relojes, lapiceras, estuches, piezas de rompecabezas, juegos de salón, colecciones empezadas y nunca acabadas... ¿Qué sentido tiene que lo no se usa ocupe espacio?.

El espectáculo de la manía del consumo en el interior de las cajoneras, guardaderos y closets, no ayuda a la educación de la generosidad. El cachureo favorece el desorden y demuestra un apego insensato a las cosas. Tener algo "por si alguna vez lo necesito", es otro monumento a la sociedad del consumo. Habría que ser sincero: "lo compré por vanidad, por lujo, por capricho" y no excusarse diciendo "que era una ganga, una oportunidad única, etc".

Hay un dicho inglés que expresa que la diferencia entre los juguetes de los adultos y de los niños está en el precio, es decir, los de los adultos son infinitamente más caros. La tentación de comprar porque está barato, cuando no se necesita, es otra enfermedad de la sociedad de consumo. Para justificar los caprichos -con razones que carecen de razón-, los adultos poseemos una imaginación deslumbrante.

14 CONSEJOS PARA AYUDAR A NUESTROS HIJOS A VIVIR LA GENEROSIDAD

1. Enseñarles desde pequeños que ninguno de los bienes materiales que poseen les pertenece plenamente. No tienen derecho a romper los juguetes que les han regalado.

2. Hacer patente a los hijos que los padres tampoco tenemos como propios estos bienes.

3. Acostumbrarles a cederse mutuamente juegos, útiles de trabajo, libros, etc.

4. Los padres tienen que ser generosos en el tiempo que dedican a sus hijos para ayudarles en el estudio, para descansar con ellos, etc. Es un ejemplo muy importante de entrega a los demás.

5. Los chicos, desde pequeños deben ser generosos con su tiempo. A veces tendrán que dejar un trabajo o el mismo estudio, un encargo, para atender otro más importante.

6. Además de los pequeños servicios que se les solicita para ayudar a la convivencia familiar, es muy adecuado asignar algún cometido fijo, asequible a su edad, que suscite su sentido de responsabilidad y suponga un pequeño vencimiento (detalles de orden material, cuidado de alguna zona de la casa, atención a algún hermano menor, etc.). En todo caso, conviene tener flexibilidad en los encargos. Es más importante fomentar la unidad y el mutuo servicio que el estricto cumplimiento de un encargo concreto.

7. Enseñarles a mirar la Cruz cuando les cueste entregar algo. Al fin y al cabo todo lo que tienen lo han recibido de Dios. La entrega de Cristo en la Cruz es nuestro ejemplo.

8. Desde pequeños hay que sembrar en sus corazones y en su memoria las razones últimas que mueven a un cristiano a comportarse de un modo concreto y determinado.

9. Tener prudencia en las expresiones y conversaciones en las que se ensalza o se añora la consecución de los bienes materiales o los triunfos estrictamente humanos. Especialmente cuando se empieza a abordar el tema de las carreras profesionales.

10. Tener mucha constancia en fomentar la generosidad, aunque parezca que no se avanza nada. En realidad se está encauzando una tendencia natural, deteriorada por el pecado original.

11. Cuidar de que una parte de su dinero la entreguen como limosna. Que ahorren para hacer regalos a sus padres y hermanos.

12.Fomentar las acciones de gracias desde pequeños. El agradecimiento nos lleva a corresponder y a ser generosos con quien primeramente nos ha hecho el bien.

13. Ejercitar obras de misericordia corporales, acompañados de los hijos, de modo que el contacto con los que sufren, con los desheredados, sea, además, el mejor antídoto contra el aburguesamiento.

14. Conviene que los hijos sepan -del modo más conveniente en cada caso- que se ayuda económicamente a la parroquia, labores sociales, formativas o benéficas.

Por Diego Ibáñez Langlois
Tomado del libro de "Sentido común y educación en la familia"

 

Laboriosidad: Ir a las causas, sin quedarse sólo en lo académico

Muchas veces queremos curar el sarampión granito a granito, y no puede ser: es preciso ir a las causas. Un niño sano a esta edad, en un ambiente normal, debe querer estudiar; lo contrario indica alguna anormalidad.

Cuando un niño de esta edad no estudia debe pensarse que tiene un problema, y es preciso descubrirlo cuanto antes.

Estando en contacto con su tutor o sus profesores, no es difícil saber qué es lo que pasa. Lo que hay que evitar es pretender curarle a base de remedios superficiales.

No podemos pretender arreglar las cosas resolviéndose los problemas de matemáticas, dictándole la redacción o haciéndoles la lámina de dibujo. Ni tampoco con la comodidad de poner un profesor particular, si el problema es que no le da la gana esforzarse por atender en clase.

Las causas del bajo rendimiento escolar suelen tener mucho que ver con la falta de virtudes básicas: laboriosidad, orden, pureza, reciedumbre, fortaleza, optimismo, etc. Hay que enseñarles a estudiar y, sobre todo, hacer todo lo posible por actuar sobre el verdadero problema de fondo y consolidar aquellas virtudes básicas que echemos más en falta.

- ¿Por qué no concretas?

¿De verdad quieres ejemplos de contradicciones educativas? Seguro que muchos te resultarán familiares. Por ejemplo:

- Si resulta que come siempre lo que le da la gana, fuera de hora, y a su capricho..., luego no te quejes de que sea tan blandito que no aguante ni quince minutos estudiando;

- si se pasa la tarde en casa en pijama, estudia tumbado en la cama, y cuando se sienta en el sofá adopta siempre posturas hiperperezosas..., luego no te extrañe que no sea capaz de vencer la pereza para hacer esas tareas de clase o preparar aquel examen. Hazle luchar contra la pereza en todo; recuerda aquello de que la pereza seduce; el trabajo satisface.

- Si se pasa el día con la cabeza en otro mundo, distraído, viendo horas y horas la televisión, escuchando música a todo volumen o con sus auriculares hasta altas horas de la noche, sin exigirle que participe en el ambiente familiar..., luego no te maravilles de que sea bohemio, esté lleno de fantasías y que no logre concentrarse ni cinco minutos seguidos en clase, en el estudio, o en la lectura de ese libro que le han mandado comentar en el colegio;

- si se ha pasado la vida sin guardar ningún orden, dejando tiradas su ropa y sus cosas del colegio, sin sujetarse a un horario..., pueden ser ésas las causas de su actual descuido y desorden integral en los estudios.

Ante el fracaso escolar hay que volver la vista hacia el conjunto de la educación del chico, no solo hacia los libros, las horas de estudio y los profesores.

Es un error grave preocuparse sólo de las notas. Hay padres que, cuando van al colegio, sólo preguntan por las calificaciones, las recuperaciones y el profesor de matemáticas. Piensan en la carrera que hará, pero no en el tipo de persona que será. Y no les importa si su hijo es buen compañero, o leal y sincero con los amigos.

Como padre, o como madre, debes preocuparte de saberlo. Entérate, por ejemplo, de si ya ha aprendido a dejar el bolígrafo o unos rotuladores o ese libro a sus compañeros de clase. Preocúpate por saber si lleva ya al colegio, para jugar con todos sus amigos, aquel balón que le han regalado en su último cumpleaños.

No resulte que esté convirtiéndose en un egoísta avaro de sus libros, de sus rotuladores o de su balón de reglamento.

Porque las notas suelen ser muchas veces consecuencia de los demás. Y, aunque no fuera así, ¿de qué serviría tener un hijo premio Nobel si luego es egoísta, está lleno de orgullo, o es un envidioso?

- Oye, que no todos los problemas serán de falta de voluntad o de virtudes...

Cierto. Hay también -con menor frecuencia- problemas de aprendizaje (generalmente de lectoescritura, comprensión, memoria y atención) que pueden agudizarse a estas edades. A veces se ponen de manifiesto estas dificultades coincidiendo con el año en que en el colegio pasan al sistema de un profesor por asignatura. Es cuestión de acudir entonces a un gabinete psicotécnico de confianza.


Por Alfonso Aguiló
Tomado de "Tu hijo de 10 a 12 años"


LA EDUCACIÓN DEL ORDEN

Por Gastón Coutois
/ ACI prensa

Tener orden no es cosa de poca importancia, ni asunto pequeño. Es una de las virtudes más preciosas para el buen equilibrio de la vida individual y para la buena armonía de la vida común.

Nuestras hijas, necesitarán grandemente, durante toda su vida, tener orden, sobre todo cuando a su vez sean amas de casa, esposas o mamás. Pero es en la edad en que los hábitos se forman cuando es preciso desenvolver en ella esta disciplina.

El orden será también necesario a nuestros muchachos, porque en todas las profesiones aquel que tiene orden es clasificado mejor que el que no lo tiene. Asimismo, es cierto que el desorden incorregible constituye una verdadera contraindicación.

El orden es un medio de desarrollan en nuestros hijos el dominio de sí mismos, y en cierto sentido el espíritu de sacrificio, obligándolo a luchar contra el abandono y la negligencia.

Es una verdad, comprobada por la experiencia, que el orden exterior hace la vida más agradable. Alivia la memoria, permitiendo encontrar sin esfuerzo las cosas en su sitio. Facilita la calma, suprimiendo esas causas de enervamiento y fatiga que constituye el desorden. Hace ganar tiempo, pues permite obrar con seguridad para encontrar aquello que se necesita. Facilita el respeto al bien común y el sentido social, porque nada perjudica tanto la buena armonía y mutua ayuda como el no volver a su lugar los objetos útiles pertenecientes a la comunidad familiar. El orden asegura también la exactitud, y la exactitud es a la vez una de las formas más preciosas del orden y la cortesía.

Para despertar el amor al orden en los niños es preciso destacar cada vez que se presente la ocasión lo agradable y práctico que es poder encontrar los objetos a ojos cerrados (hasta se puede hacer, en base a esto, un juego con preparación o improvisado). Debemos mostrarle las pequeñas ventajas de tener sus objetos personales bien ordenados en su armario, en su carpeta, en su caja de escritura, su cartera o sus bolsos.

Es fácil habituar a los niños a colocar sus cosas en el mismo sitio y de la misma manera, con la condición de que los padres respeten la colocación hecha por sus hijos.

Poner a los niños en guardia contra el orden que podríamos llamar hipócrita; por ejemplo, la mesa bien ordenada y los cajones embarullados.

"Colocar aquello que se acaba de utilizar inmediatamente en su verdadero lugar que es cosa para lo cual se es más o menos apto por temperamento; pero es uno de los fines esenciales de la educación hacerlo adquirir a los niños" (A. Rèdier)

"Que la madre dé a su hijo posibilidad y tiempo para colocar sus cosas, que se sujete ella misma de volver los objetos a su lugar, y todo se ordenará de prisa. A mamás ordenadas, niños ordenados." (R. Cousinet)

La señora Montessori ha notado que hacia los tres años hay un período sensible, es decir, una época particularmente favorable para la adquisición del orden. Este dato es exacto y son muchos los padres que lo han comprobado. Si se espera demasiado tiempo para crear en el niño el hábito del orden, se corre el riesgo de no conseguirlo nunca.

Hacia los nueve o diez años debe confirmarse el hábito del orden con el de la exactitud. A esta edad debe acostumbrarse al niño a organizar su trabajo y a su tiempo, a prever también la sucesión de sus ocupaciones por un par de horas, después para una media jornada.

Todo niño, cuando regresa de clase, debería poder establecer, antes de ponerse a trabajar, su hora de previsión: escritos que deba hacer, lecciones que tiene que aprender, libros que leer, etc.; indicar para cada operación un lapso razonable que se le concede y especificar el orden de ejecución.

No se trata, ciertamente de mecanizar al niño, sino de ayudar a conseguir la producción máxima en las horas de que dispone. Esto le proporcionará un inmenso servicio para después pues el porvenir pertenece no a los grandes trabajadores agobiados siempre, sino a los hombres bien organizados que saben obtener más efecto con menos esfuerzo y administrar los períodos de reposo en vista a un mayor rendimiento.

 

EDUCACIÓN DE LA SINCERIDAD

No debemos esperar a que nuestro hijo mienta en algo importante o adultere sus notas escolares para comenzar a preocuparnos por educarlo en la virtud de la sinceridad. La sinceridad es una virtud, requiere por lo tanto actitudes positivas para su crecimiento, no sólo se deben combatir las mentiras y los engaños, sino que es nuestro deber transmitir a los niños el amor a la verdad. Según David Isaac, el niño esta especialmente apto para ser educado en la sinceridad a partir de los siete años, aunque claro esto puede comenzar mucho antes. No se trata de sermonear constantemente a nuestros hijos, sino de aprovechar cada oportunidad para influir sutilmente en el acrecentamiento de su amor a la verdad.

El niño debe entender que "decir la verdad es bueno", para esto es necesario que entienda que, aunque le traiga algunos problemas, "decir la verdad" aumentará la confianza que los padres y amigos tienen en él.

Verdad, libertad y confianza

Si, diciendo siempre la verdad, le vas dando cada vez más libertad y responsabilidades, porque crees más en él, comenzará a ver la sinceridad como algo muy positivo. Será algo que deba practicar él para contar con la confianza de sus padres, y algo que deben tener aquellas personas en quienes quiera el mismo confiar.

Esto mismo debemos decírselo con palabras, en el momento oportuno. Es decir, si le damos más libertas o confiamos en él por primera vez para que vaya a una excursión, le dejamos bien claro que esta libertad se la ha ganado él, siendo sincero con nosotros.

Cuando sea sincero, debemos aprovechar la ocasión para reforzar después la bondad de su acción, para que sea consciente del valor que tiene decir la verdad, lo bien que ha actuado y el significado positivo que tiene esto para nosotros.

Amigos sinceros.

La educación en la sinceridad ayudará también al niño a saber elegir sus amigos, pues procurará que éstos sean chicos sinceros.

La mentira le resultará incómoda y poco compatible con la confianza que debe reinar en su grupo, de forma que tenderá a ser más exigente con sus compañeros. No se fiará de aquel chico al que este acostumbrado a ver mintiendo.

Otra consecuencia será que evitará mentir a sus amigos y aprenderá a valorar más la amistad, como un compromiso de sinceridad.

¿Soy un mentiroso?

Otro aspecto que debemos cuidar son las mentiras. A esta edad los niños son muy sensibles a ellas, y pueden constituir una condena. Si les metemos miedo y lo tildamos de "mentiroso" y "embustero" a menudo, es probable que acabe siéndolo de verdad.

Si miente habrá que corregirle, pero procurando siempre alejar la mentira -como mal- de él mismo. Retarle seriamente con la expresión "Has dicho una mentira" puede hacerlo enrojecer e incluso llorar, pero en esas palabras va implícita una invitación a alejarse de la falsedad.

Aquí no mentimos

¿En qué hogar no se miente a la pesada de la tía Rosa, para evitar que nos deje la oreja pegada el teléfono?. Un "dile que no estoy" y ya está todo solucionado.

No. Quizá nos hayamos librado de la tía Rosa por esta vez, pero hemos causado un daño grave en la formación de la conciencia de nuestro hijo. ¿Cómo va él a defender la verdad, si es el portavoz de nuestras mentiras?. Y lo mismo da si el engaño lo hacemos nosotros y él lo presencia. A sus ojos no existe la mal llamada "mentira piadosa" y, para que rechace la salida fácil de la mentira, debe observar ejemplos claros de sinceridad en casa.

Ojo con la tele

Como en cualquier otra tarea educativa, la dichosa tele puede echar por tierra en tan sólo unos minutos todos nuestros esfuerzos. Aunque nos dejemos la piel en hacerle ver al niño lo hermoso que es decir siempre la verdad, si el héroe de su serie favorita miente estamos perdidos.

La televisión puede ser un excelente medio educativo pero, si queremos evitar inevitables abusos, tendremos que estar muy pendientes de los ejemplos que inculca a nuestros hijos.

Perdón y castigo

Cuando el chico confiese una falta, enfrentemos el reto de hacerle entender cuánto valoramos su verdad... aunque lo reprendamos. Tendremos que hacer entonces mucho hincapié en felicitarle por el valor que tiene su valentía. Y, al mismo tiempo, tratar de explicarle que siempre que diga la verdad, se le perdona a él y se le quiere aún más, pero no se perdona la acción, y que debe tener por lo tanto un castigo. El perdón y el aplauso son para él, y el castigo para la acción.


Tomado de "Formando Familia"